Parecía feliz y reía a carcajadas, mientras mezclaba un llamativo cóctel de palabras extraviadas en razonamientos vanos; poesía y sabiduría decía ella entre el ruido de muchos halagos, en tanto que se aseguraba de mantener el reflejo de su rostro en todas las miradas; ‘aunque en realidad, parecía más loca que poeta’. Pude ver a lo lejos que Irradiaba extrañamente la luz del día y brillaba con el esplendor de una noche estrellada; sus manos, se movían en el momento indicado y con la seguridad de aquellas aves que vuelan en libertad en un cielo perfecto y despejado; danzaba segura en su mundo, en su cielo, en su verdad derramada en el deleite del placer que se movía erguido sobre el orgullo de unos tacones altos que la elevaban del suelo. Mis ojos se mantenían allí, lejanos, creyendo ocuparse de buscar con sabiduría una respuesta satisfactoria a mi corazón, en tanto que mi mirada esculcaba cada uno de sus movimientos. Se veía plácida y atractiva exhibiendo en las alturas un manto hecho como de luna, que dejaba entrever tímidamente su desnudez moldeada como por un gran escultor. Coqueteaba, y sonreía con sus ojos profundos a quien se dejaba arrastrar por el encantamiento; pocos no bastaban y muchos no eran suficientes para ella. Los veía venir del norte y del sur como los vientos que atraídos por la belleza de una larga y sedosa cabellera, se disponían a juguetear enredándose en su agasajo. Entonces, los envolvía con vino y placer en lo que ella llamaba vida. Se acercaban como abejas a la miel y tomaban de lo que ofrecía; en sus pendientes riquezas, en sus palabras poder, en su sensualidad lujuria, en sus mentiras sabiduría … ¡tómenlo, tómenlo! -decía- mientras guardaba sigilosamente en su cartera todo su trabajo y las obras de sus manos; ilusiones, sentimientos, sueños, y corazones que regresaban vacíos al mismo lugar del que partían. Observé el reloj y vi que se adueñó del tiempo aunque su faena en esa noche parecía haber terminado; quería saber su nombre y decidí acercarme. La seguí con temor mientras se marchaba al fondo de una habitación oscura para despojarse de sus galas. Una vez allí, pude ver más que su desnudez; en realidad, vi a la vida misma llevada a las tinieblas. Ella colgaba su botín del día en un clóset y vi como el mundo yacía allí, inerme entre sus ropas vestidas de cielo y sus zapatos calzados de mar. No lo resistí aun sabiendo que la sabiduría sobrepasa la necedad y le dije:
– «ven ahora conmigo y yo también me saciaré de tus deleites».
Ella parecía feliz riendo a carcajadas como celebrando que lo había logrado; así que la tomé diciéndole en medio de mi placer – ¡enloqueces! -. Sin notar que afligió mi espíritu en su tiempo.
– ¿cómo te llamas? -pregunté antes de partir-, mientras mi razón deseaba morir diciendo ¿de que sirve esto?…
Ella descaradamente respondió: ¡VANIDAD DE VANIDADES! -ese es mi nombre-. Yo me robo la vida de quien busca descubrir algo nuevo debajo del cielo, sin darse cuenta que ¡TODO ES VANIDAD!
-Así que ahora que puedes ¡vete! – replicó-como dándome una oportunidad para escapar; y antes de mirar lo que dejaba atrás, escuché de sus labios con una voz más fuerte: «Aquello que fue, ya es; y lo que ha de ser, fue ya; y Dios restaurará lo que pasó» ¡teme a Dios y apártate del mal!

Por. Cristina Trujillo
(Texto inspirado en Eclesiastés Cap.1,2,3, y Pr. 3:7 )