La algarabía de las muchas voces retumbaban en sus oídos, traspasando su piel como aquellas sogas que lo ataban a un madero para sostenerlo en las alturas. Un lugar de dolor cercano al cielo, en donde las caricias del viento como único aliciente, eran dispersadas violentamente por la tortura que consumía los huesos mientras su alma desfallecía.
De Repente un grito desalmado irrumpió con fuerza en la desesperación de la agonía, pronunciando una palabra que lo impulsaría a aferrarse de su último aliento; para girar el rostro y fijar la mirada en aquel hombre, que a su lado padecía sin merecerlo la misma condenación < “Si tu eres el Cristo,sálvate a ti mismo y a nosotros” > carcajeó la mortalidad maligna guiada sin duda por el sarcasmo de un acusador que se deleitaba en una falsa victoria.
Era el último minuto, la última oportunidad, el último encuentro en un paradójico lugar, para dos malhechores que sin saberlo ocupaban un lugar privilegiado a derecha y a izquierda del Salvador del mundo; eso sí, entre las espesas nubes de un cielo embravecido y distante; muy distante de las olas del mar, que un día presenciaron el llamado de aquellos pescadores que abandonando los peces, echaban ahora las redes en el nombre de Jesús para transformar hombres. Este, sin lugar a dudas, era otro llamado de gracia a la conversión, pero en las puertas de la muerte, que no llegó tarde como pensaríamos, sino que jamás se dio por vencido.
Amado lector, muchas veces nos atormentamos pensando en lo que habrá pasado con aquel familiar, amigo, o conocido que en nuestro concepto murió quizás sin ser salvo; pues recordamos aquel gran encuentro que por Gracia y a tiempo nos salvó a nosotros de la muerte eterna, brindándonos la oportunidad de vivir EN y PARA Cristo; pero olvidamos tal vez que nuestro Salvador estará siempre allí, incluso en el último instante de la vida de un pecador no arrepentido, esperando aquella mirada en medio del dolor que como el ladrón en su último aliento clame: “acuérdate de mí….” y ten la plena seguridad que Jesús en ese último encuentro responderá “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Así pues, no te canses de orar mi amado por los inconversos, porque siempre habrá un encuentro final con un desenlace a derecha o a izquierda que tan sólo ellos conocerán.