Quizás no alcanzó a cubrir del todo la desnudez de aquel cuerpo que exhibía su pecado, y en medio de la confusión de quienes irrumpieron en su intimidad rasgando sus vestiduras por el acto de adulterio que presenciaban, ella rasgaba su corazón, dejando en el camino un rastro de vergüenza y dolor. Se dirigía a su destino en manos de “justos” que hacían “justicia” pisoteando en su andar aquella misericordia que se escondía a sus ojos, bajo unas piedras que inermes esperaban ser tomadas para condenar; sin siquiera imaginar que del puño acusador caerían una a una nuevamente al polvo de donde se habían formado, reafirmando en el suelo la palabra Gracia; esa que tal vez de antemano, había sido delineada por el único dedo que no señala en ninguna dirección. Mi amado lector, luego de recrear de alguna manera aquella historia de la palabra en (Jn.8 1-11) quiero preguntarte si alguna vez te has debatido entre hacer justicia o derramar misericordia; y puede ser que al pensarlo nos olvidemos de ciertas situaciones que nos parecen inofensivas, sin darnos cuenta que estamos recogiendo piedras como los fariseos; y aquí quiero resaltar una frase que retumbó en mi mente mientras leyendo imaginaba la escena: “…y poniéndola en medio” (Jn.8:3) ¡¡vaya!! Es que solo allí recordé muchas ocasiones en las que sintiendo hacer lo correcto, manifesté opiniones e hice comentarios en el centro de una conversación, sin darme cuenta que en realidad me hacía partícipe de examinar la desnudez de alguien que había sido expuesto en ese lugar en el que nadie quisiera estar «en medio»; sin dejar de lado claro está, las veces que fui yo quien irrumpí en la intimidad de quien falló, para arrastrarlo a ese escenario en busca de consejo humano. Hermano en Cristo todos fallamos y la misericordia debe siempre sobrepasar la justicia, pues ¿Quién es acaso el que escudriña los corazones? … “y quedó solo Jesús, y la mujer que ESTABA EN MEDIO y no viendo a nadie sino a la mujer…” ( Jn.8: 9-10).
Mi amado es claro que no nos corresponde entrar allí en donde Jesús no ha entrado primero. Él es el único que desnuda y cubre; por tanto acusar, juzgar, condenar, poner en medio o tan solo entrar en la intimidad de alguien sin su autorización, nos llevará a huir luego acusados por nuestra conciencia. Él sana en intimidad a los que tienen roto el corazón y nosotros en consolación somos llamados para dar testimonio de ello dando a conocer su nombre.