En París y en las favelas de brasil, en el Vaticano y en el bronx, la reina de Inglaterra y la Cenicienta, el vegetariano y el carnívoro, el blanco, el negro, y el mestizo, hoy y mañana, en compañía de un periódico o de nuestros pensamientos… allí somos iguales, me refiero a ese obligatorio momento de intimidad, del que nadie hablaría y mucho menos escribiría, porque metafóricamente allí está lo peor de nosotros; en ese momento que literalmente huele mal y por eso nadie quiere imaginar porque se perdería el glamour, ese momento que podríamos convertir en algo más que natural e inevitable, si hicieramos conciencia para entender la verdadera igualdad, sin necesidad de pelear con el género, ¡ pues vaya ! que este momento si no se puede evadir por ninguna circunstancia, no se cambia, ni se transforma por gusto, aunque quisiéramos; sí, hablo de ese, del mismo, del único momento que no presumimos en las redes sociales para conservar el pudor, y que si aún así nos atrevieramos, más que likes, conseguiríamos quitarle toda validez al argumento de ¿usted no sabe quien soy yo?, porque en ese lugar todos somos iguales. Allí podríamos recordar cada día, si quisiéramos, que no contamina lo que entra por la boca, sino lo que sale de ella, como bien lo dice la biblia, contamina lo que almacenamos en el corazón a lo largo y ancho de la vida, hasta convertirlo en desechos tóxicos; la amargura, el orgullo, el resentimiento, el adulterio, los malos pensamientos, la vanidad, eso si que contamina … sí, «Todo es vanidad» como dijo el sabio Rey Salomón; humildemente creo que Él lo llamó vanidad para no perder el argot de la realeza , nosotros podemos llamarlo M… porque no tenemos nada que perder, y así tal cual, aunque no lo creas, lo describió nada más y nada menos que el hijo de Dios, el mismo Jesús de ayer hoy y siempre diciendo : «¿No entendéis que todo lo que entra en la boca va al vientre, y es echado en la letrina?» (Mt. 15-17) Bueno…pues llegó la hora de entender con está comparación un tanto odiosa, que estamos en un gran vientre llamado mundo, con la opción de ser vomitados en una nueva oportunidad como Jonás, eso sí, sin salvarnos de la eficaz pero necesaria suciedad del proceso, o de ser digeridos y desechados allí como M… perdón, como «vanidad». En ese lugar que hasta este momento pareciera ser insignificante sin duda, pero que está allí presente en todo lugar y sin clase social, ese que a partir de hoy, quizas y extrañamente, dejará de ser algo más que necesario para convertirse en indispensable, y recordarte a diario que la verdadera igualdad, no está en lo que somos sino en lo que podemos llegar a ser, si tenemos claro que lo que prevalece es el espíritu sometido en humildad y obediencia a Dios y que el resto…el resto es vanidad y termina en la letrina.

Cristina Trujillo.