Y estando aún de rodillas alzó su mirada al cielo y creyó; luego, levantándose sigilosamente, corrió sin dudarlo a la estación del tren, y una vez allí, siguiendo las señales que había recibido,emprendió un largo viaje sin tiempo.
En la primera estación, el viento jugueteó con sus cabellos como lo hacía con las hojas vestidas de atardecer, que en su última gala, se entretejían danzando en un pintoresco cuadro, digno de ser inmortalizado en su mente como vuelo de mariposas; y aunque la tranquilidad la invitó a quedarse, ella ciñó sus lomos y continuó aquel camino que palidecía paso a paso, congelando sus huesos en medio de la espesa nieve. Esa, que sin preguntar, entonó el más hermoso arrullo, en medio de una magistral melodía, que la invitaba a descansar para siempre, sin preocupaciones; pero ella se rehusó, e inmediatamente despertó de su sueño recordando la promesa, y continuó su viaje deshielando en cada huella su fortaleza y convicción, hasta sentirse nuevamente sofocada; pero esta vez por el sorpresivo abrazo de los refulgentes rayos de sol, que mientras doraban la arena, dibujaban frente a sus ojos en un espejismo mágico, el más bello manantial que poco a poco, la sumergía nuevamente en el placentero pensamiento de abandonar. ¿Por qué no? se preguntaba ya moribunda, cuando un fuerte temblor estremeció su ser y las muchas aguas cayeron de los cielos, para recordarle una vez más, que su destino se encontraba en manos de quien dirigía los vientos y coloreaba atardeceres, quien emblanquecía la nieve y al sol le ordenaba brillar con esplendor, quien pasaba tardes enteras haciendo nubarrones, para bendecir a los vencedores en su última estación, con la más refrescante lluvia de primavera.

Por. Cristina Trujillo