Si eres cristiana, pero aún no descifras lo que refleja tu imagen en un espejo, este post te puede interesar, ya que el mayor riesgo que tendrías que enfrentar al leerlo; como dijo cenicienta, es ser vista como eres en realidad.

Así, que quiero iniciar con una pregunta que solo tú puedes resolver, ¿te enfrentas cada día al espejo con temor a lo que digan los demás, acerca de tu estado civil o familiar, tu apariencia física, capacidad intelectual, situación económica o social? Si la respuesta es afirmativa, sabrás que te estás esforzando por mostrar solo aquello que otros esperan ver en ti y en tu vida. Quizás sea una respuesta dolorosa para una pregunta incómoda; pero necesaria como punto de partida para evaluar tu IDENTIDAD, ¡vaya palabra! ¿verdad? No te asustes, solo es el resumen de lo que eres, de ese origen que define ciertos rasgos propios que una persona tiene frente a los demás, es la conciencia que tienes de ti mismo y te hace diferente a otros. Si es así, te estarás preguntando, ¿por qué entonces buscamos parecernos a otros? O ¿por qué seguir un patrón de vida que la sociedad en que vivimos ha puesto como marco de referencia para ser una persona aceptada? Inicialmente, vamos a analizarlo a través de una interesante teoría planteada por el psicoanalista Jacques Lacan, llamada Teoría del Espejo, y que nos explica como en nuestra identificación del YO, aquello que nos desagrada de otra persona es realmente lo que NO nos gusta de nosotros mismos, y que por consiguiente identificamos en nuestras relaciones interpersonales y nos lleva a interactuar mejor con personas que poseen características similares a las nuestras, en otras palabras, que se parecen a nosotros.

Hagamos el ejercicio: Cuando nos vemos al espejo, hay cosas que nos gustan y otras que definitivamente no, hablo de esa parte física que usualmente evitamos mostrar, aquello que nos desagrada y que por lo tanto asumimos le desagradará a quienes conforman nuestro entorno, esta situación le abre paso al temor de ser descubiertos en aquello que queremos ocultar, y que creemos generará rechazo. De igual manera existe una realidad interior que aceptamos y otra que solo produce reflejos en nuestra personalidad, como; estados de ánimo, emociones, sentimientos, gustos, habilidades y hasta frustraciones según sea el caso, lo cual nos explica el porqué de la famosa frase “me identifico con…” que le daría credibilidad a la teoría del espejo, pues realmente estamos diciendo “soy similar a…”  En este punto, puedes empezar a descubrir el peligro de una etapa en la que nos identificamos con el dolor, la soledad, el desamor, o la vida de alguien más cualquiera que sea, generando un vínculo de reflejo, que de alguna manera nos une a esa otra persona.

Vamos a mencionar dos aspectos importantes que se presentarán en este periodo y que debemos considerar:

  1. La alteración del vínculo que creamos y que nos muestra cómo aquello que en un principio nos atrajo como un imán a una persona que identificamos como similar a nosotros, empieza a opacarse y a evidenciar una sola realidad: heridas del pasado que no han sido sanadas sino ignoradas.
  2. La necesidad de regresar a nuestro origen e identificar esa o esas vivencias que marcaron nuestra vida, que distorsionaron nuestra existencia y por consiguiente destruyeron nuestra IDENTIDAD.

Estos dos puntos nos permiten percibir cómo al reaparecer ese lado negativo que un día maquillamos ante el espejo y vimos reflejado en otros a quienes rechazamos, floreció sin aparente explicación en aquellos con quienes creímos identificarnos. ¿Por qué? La respuesta es simple, y es que esas personas-reflejo también ocultaron su verdadero rostro.

Lo interesante de este tema es que mucho antes de existir cualquier teoría científica o psicológica, 2000 años atrás, la Biblia ya nos hablaba de una teoría del espejo. 2 corintios 3:18 dice “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”.

Es claro, a cara descubierta, sin maquillaje, sin ocultar nada, es decir como esa luz encendida que no se pone debajo de un almud sino sobre el candelero para alumbrar a todos los que están en casa (Mt. 5: 14-16). Así nos llama el Señor a llenarnos de su espíritu y como espejos reflejar su Gloria, que solo se verá si buscamos Su rostro en el espejo como única lámpara que emite luz, para ser transformados por su espíritu y así convertirnos en su reflejo.

La escritora Americana Edith Wharton dijo sabiamente, que solo hay dos maneras de difundir la Luz: siendo lámparas que la emiten o espejos que la reflejen. 

¿A quién ves en tu espejo en este momento de tu vida? ¿De quién eres reflejo? ¿Está tu autoimagen a cara descubierta?