“…y salí de mi casa y de mi tierra con toda la fuerza y las ganas de comerme al mundo”-dijo carlos desmayando la cabeza entre sus manos -sin embargo, creo que me indigesté porque ese mundo en el cual deposité todos mis objetivos, resultó estar en descomposición, -continuó diciendo, con cierto tono de fracaso en su voz- sin darse cuenta que aquel (SIN EMBARGO) que pronunciaba como el gran obstáculo que se había interpuesto en su camino para evitar que cumpliera sus metas; era realmente una enorme bendición con cara de pez que lo vomitaría en el momento y lugar indicados gritándole “el mundo no se come se vence”.
Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? SIN EMBARGO yo estoy entre vosotros como el que sirve. (Lucas 22:27) Creo mi amado que muchas veces caminamos por la vida con la misma idea de Carlos; sintiendo que vencer es lograr sentarse a la mesa, y degustar el mundo en un plato como comida principal para decir: “lo logré”, cuando en realidad, aquel poco deseado “sin embargo” que pareciera oscurecer el camino… en realidad ilumina el rumbo de aquellos puntos suspensivos que nos permiten decir: Estoy en quiebra, sin embargo…Dios no desampara al justo; Enfermé más sin embargo…Dios me sostendrá; Mi esposo me abandonó…sin embargo Dios continúa amándome; No obtuve el trabajo que quería…sin embargo la voluntad de Dios es buena, agradable, y perfecta.
Que bendición hermano en Cristo poder disfrutar de esa paz que sobrepasa todo entendimiento como dice la palabra, venciendo desde el lado correcto de la mesa, sirviendo, y no atragantándonos con aquello no podemos digerir: “ Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe. ¿Y quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? (1 Juan 5:4-5).