Con el pasar de los años empecé a notar que sus ojos dejaron de reflejar mi rostro, que se olvidaron de jugar a perderse por horas dentro de mi ser, como solían hacerlo en su juventud disfrazados de piratas y dispuestos a navegar en un interminable océano, sin la más mínima intención de resignarse a huir antes de encontrar un nuevo tesoro.

… Entonces mirándolos fijamente pensé, abandonaron los mares quizás, y con ellos la pasión que en nuestros mejores tiempos, solo necesitaba la dirección que marcaban las imponentes velas empujadas por ese AMOR  que sopló con todas sus fuerzas, antes de  encontrar aquella brújula que inesperadamente marcó un rumbo diferente, dibujando a su paso  una estela en ese camino que  por más que intenté, no logré seguir; pero que trajo con sigo a una dama llamada LEJANÍA que  con sutileza y mucha clase se fue acercando, hasta instalarse plácidamente en mi propia cama, para susurrar con arrogancia, en aquellas  largas noches de insomnio llenas de interrogantes,  que a ella no la definen los kilómetros, que puede habitar entre nosotros y construir un gran abismo aun cuando nuestros cuerpos se unan; que no llegó sin invitación, que apareció  respondiendo a un silencioso llamado que el tiempo unió sigilosamente con hilos de egoísmo, vanidad, rencor, injusticia, mentira, impaciencia…  para que ella pudiera desempacar sus maletas e instalarse allí bajo el mismo techo que tiempo atrás ocupó ese gran AMOR que nunca debió dejar de ser.

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